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Spirituality
Don't you know that good works are the fruit of many tears and of a lot of suffering?Fr. Pio
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Preach the Gospel at all times and when necessary use words. St. Francis of Assisi
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Focus on and remove the defect that most prevents you from joining God. Fr Pio.
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Another fall, and what a fall! Must you give up hope? No. Humble yourself and, through Mary, your Mother, have recourse to the merciful Love of Jesus. A miserere, and lift up your heart! And now begin again. The Way, 711
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Praying is the pouring of our heart into the heart of God- Fr. Pio
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Have no fear of moving into the unknown. Simply step out fearlessly knowing that I am with you, therefore no harm can befall you; all is very, very well. Do this in complete faith and confidence. Pope John Paul II
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Thou hast created us for Thyself, and our heart is not quiet until it rests in Thee. Saint Agustine
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POWERFUL QUEEN,
PRONOUNCE YOUR FIAT



And create in me the Will of God,
Have the Divine Will take possesion of me,
Enrapture my heart to enclose it in the Will of God.
Rule over my will in order to convert in Into Divine Will
My Mother by your son´s resurrection, make me rise into the Will of God
Fiat, Fiat Fiat
(Fiat is:Be it done onto me / yes !)

"I recognize myself: As a new creation of God´s Love"
"I know that you love me, my God and I love you with all my heart"
"I want to love as you love and do as you want me to do"
Come Divine Will Come to rule on us
FIAT



Revístanse con la armadura de Dios, para que puedan resistir las insidias del demonio. Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio.Por lo tanto, tomen la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo y mantenerse firmes después de haber superado todos los obstáculos. Permanezcan de pie, ceñidos con el cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza. Calcen sus pies con el celo para propagar la Buena Noticia de la paz. Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, con el que podrán apagar todas las flechas encendidas del Maligno. Tomen el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.

Efesios. 6.10

Christ has no body but yours.
No hands, no feet on earth, but yours.
Yours are the eyes through which He looks
With compassion on this world.
Yours are the feet with which He walks
To do good.
Yours are the hands with which He blesses
All the world.
Yours are the hands.
Yours are the feet.
Yours are the eyes.
Yours are His Body.

—St Theresa of Avila

CONSTRUYENDO LA CIVILIZACION DEL AMOR

La civilización del amor es el reinado del Sagrado Corazón de Jesucristo, es la civilización cristiana, la ciudad católica


La civilización del amor de la que hablaban proféticamente inspirados por Dios, actuando como papas, Pablo VI, Juan Pablo II y como habla el propio Benedicto XVI es el Reinado del Corazón de Jesús. De ese día habla reiteradamente la Biblia y muy en especial san Pablo.

"Reinaré a pesar de mis enemigos" .

De los escombros de la actual civilización anticristiana hará Jesucristo surgir en la tierra la civilización del amor en su reinado.

"La civilización del amor debe ser el verdadero punto de llegada de la historia humana" (Juan Pablo II, 3.11.1991).

La devoción al Corazón de Jesús alimenta la esperanza de que“sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se establezca la civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo” (Juan Pablo II, Mensaje al Prepósito General de la Compañía de Jesús, P. Peter Hans Kolvenbach, 5 de Octubre de 1986).

El mal está limitado por el bien ontológica y cronológicamente, como dijo ese Papa en su libro de 23.02.2005.

Y el Papa Benedicto XVI:

"La historia va hacia la humanidad unida en Cristo" (4.01.06).

La formulación actual de la doctrina de la Iglesia a la luz del Concilio Vaticano II está en el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992:
«El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado "con gran poder y gloria" con el advenimiento del Rey a la tierra... los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía, que se apresure el retorno de Cristo cuando suplican: "Ven, Señor Jesús"» (CIC, n.671).
Juan Pablo II identificó el «reinado social del Corazón de Cristo» con la «civilización del amor». El reino de Dios por su amor en nuestros corazones y en toda la sociedad incluidos sus aspectos políticos

“El Evangelio es luz que ilumina todo el vasto campo de la vida social: la familia, la cultura, la escuela y la universidad, los jóvenes, los medios de comunicación social, la economía, la política... Cristo sale al encuentro del hombre dondequiera que viva y trabaje, y da pleno sentido a su existencia”, dijo el Juan Pablo II en Castelgandolfo en su breve predicación antes del rezo del Ángelus (L'Osservatore Romano, 1.08.2003).

"La evangelización de la cultura debe mostrar también que hoy, en esta Europa, es posible vivir en plenitud el Evangelio como itinerario que da sentido a la existencia. Para ello, la pastoral ha de asumir la tarea de imprimir unamentalidad cristiana a la vida ordinaria: en la familia, la escuela, la comunicación social; en el mundo de la cultura, del trabajo y de la economía, de la política, del tiempo libre, de la salud y la enfermedad". Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa (28.06.2003, n. 58):

Todas las cosas naturales de la vida humana y lo que las humaniza, que es al mismo tiempo lo que las diviniza, su conexión con el Sagrado Corazón de Jesús y con su reinado.

Todas las cosas así conectadas y regidas se ven sub quaedam specie aeternitatis, con una perspectiva de eternidad, que es la que permite captar su realidad; y no como hizo el autor de la frase, el racionalista Spinoza, justo al revés de lo que dijo: encerrar toda la filosofía y la vida en la orfandad del naturalismo extremo, desconectar totalmente de su autor la naturaleza, al pretender suplantarlo, al precio de incapacitar al hombre moderno para conocer, regir y humanizar la vida y de llevar así la civilización a la ruina.

He aquí como define el papa Benedicto XVIla paz como paz mesiánica de plenitud traída por Jesucristo que la ganó para nosotros con su sangre:
"Al derramar su sangre y entregarse a Sí mismo, Cristo trajo la paz que, en el lenguaje bíblico, es síntesis de los bienes mesiánicos y plenitud salvífica extendida a toda la realidad creada". (Catequesis pontificia del miércoles 7.09.2005).

Significado de la fiesta solemne de Cristo Rey: Pío XI, el Papa que instituyó esta fiesta en 1925, explica en 1928 su significado en su Encíclica

«Miserentissimus»:

«Al hacer esto no sólo poníamos en evidencia la suprema soberanía que a Cristo compete sobre todo el Universo... sino que adelantábamos ya el gozo de aquel día dichosísimo en que todo el orbe, de corazón y de voluntad, se sujetará al dominio suavísimo de Cristo Rey».
"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).
"La civilización del amor punto de llegada de la historia humana"
"La civilización del amor debe ser el verdadero punto de llegada de la historia humana" 
(Juan Pablo II, 3.11.1991. Homilía en la Parroquia de San Romualdo de Roma. L'Oss. 21.11.91).
La misión y el objetivo de la Iglesia es establecer en la tierra el reinado de Cristo:
"Reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia de amor y de paz" 
(Misa de la Solemnidad de Cristo Rey que la Iglesia tiene establecida)

El Beato Juan XXIII expresa el objetivo del Concilio Vaticano II diciendo que el Concilio,«… mientras agrupa las mejores energías de la Iglesia y se esfuerza en hacer que los hombres acojan con mayor solicitud el anuncio de la salvación, prepara y consolida este camino hacia la unidad del género humano, que constituye el fundamento necesario para que la ciudad terrenal se organice a semejanza de la Ciudad celeste»
Esto está en la línea de lo que dice San Pío X de la ciudad católica (Notre charge apostolique, I, 11)

La civilización del amor es la civilización cristiana, la ciudad católica.«No se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; ...no, la civilización no está por inventar, ni la nueva ciudad por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla, sin cesar, sobre sus fundamentos naturales y divinos, contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana de la revolución y de la impiedad: "omnia instaurare in Christo"» (San Pío X , Notre charge apostolique, I, 11)

No se trata de buscar la organización social y política de la vida digna del hombre en la vuelta a la Edad Media, sino en "aquella síntesis de la religión y de la vida", como proclamó el papa Pío XII cuando canonizó a san Nicolás de Flüe. Esa síntesis conseguida parcialmente en la época medieval, desintegrada en la modernidad hasta la descristianización de la sociedad, de la cultura y de la política, que es su deshumanización, es la tarea de todo cristiano, y ha sido alentada constantemente por los últimos Papas y será implantada plenamente por el propio Jesucristo en su reinado.

He aquí como define la paz el papa Benedicto XVIcomo paz mesiánica de plenitud traída por Jesucristo, que la ganó para nosotros con su sangre:
"Al derramar su sangre y entregarse a Sí mismo, Cristo trajo la paz que, en el lenguaje bíblico, es síntesis de los bienes mesiánicos y plenitud salvífica extendida a toda la realidad creada". (Catequesis pontificia del miércoles 7.09.2005).

El papa Benedicto XVI comenta las palabras de san Pablo referentes a la segunda venida de Cristo: "El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor.(1 Ts 4, 16-17).

Al final, habla inspiradamente por el Espíritu Santo el Papa cuando dice:

"No nos atrevamos a rezar sinceramente así, sin embargo de una forma justa y correcta podemos decir también con los primeros cristianos: "¡Ven, Señor Jesús!". 
Ciertamente, no queremos que venga ahora el fin del mundo. Pero, por otra parte, queremos que acabe este mundo injusto. También nosotros queremos que el mundo cambie profundamente, que comience la civilización del amor, que llegue un mundo de justicia y de paz, sin violencia, sin hambre. Queremos todo esto. Pero ¿cómo podría suceder esto sin la presencia de Cristo? Sin la presencia de Cristo nunca llegará un mundo realmente justo y renovado. Y, aunque sea de otra manera, totalmente y en profundidad, podemos y debemos decir también nosotros, con gran urgencia y en las circunstancias de nuestro tiempo: ¡Ven, Señor! Ven a tu modo, del modo que tú sabes. Ven donde hay injusticia y violencia.

Ven a los campos de refugiados, en Darfur y en Kivu del norte, en tantos lugares del mundo. Ven donde domina la droga. Ven también entre los ricos que te han olvidado, que viven sólo para sí mismos. Ven donde eres desconocido. Ven a tu modo y renueva el mundo de hoy. Ven también a nuestro corazón, ven y renueva nuestra vida. Ven a nuestro corazón para que nosotros mismos podamos ser luz de Dios, presencia tuya. En este sentido oramos con san Pablo: ¡Maranàthà! "¡Ven, Señor Jesús"!, y oramos para que Cristo esté realmente presente hoy en nuestro mundo y lo renueve.

También lo enseña como verdadera esperanza de la Iglesia el Concilio Vaticano II:

"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro"(Nostra aetate, 4). 
Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

La devoción al Sagrado Corazón consiste en la reparación y en la consagración. Esto no sólo es la cumbre y síntesis de la virtud de la religión, que es la más alta dentro de la virtud cardinal de la justicia, sino que está enraizado en las tres virtudes teologales. La consagración consiste en hacer, en unión con el Corazón de Jesús en la Eucaristía, lo que Dios quiere, todo lo que Dios quiere, sólo lo que Dios quiere y como Dios quiere. Es la consigna de santa Maravillas de Jesús. Y es la realización del reinado del Corazón de Jesús, en cada uno, para que venga el reinado del Corazón de Jesús a la vida social en plenitud en el futuro, como nos enseñó a pedir Jesús en el padrenuestro, y como la Iglesia enseña a hacer como fórmula del ofrecimiento de obras del Apostolado de la Oración y como fórmula que inserta el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, 34). Y es lo que María madre de la Iglesia, madre nuestra nos dice desde las bodas de Caná: «Haced lo que el os diga»

Esta doctrina da también el significado de laproclamación de la realeza universal de Jesucristo mostrando su Sagrado Corazón. La proclamación de Cristo como rey fue el 11 de junio de 1899 con la consagración del mundo al Sagrado Corazón de Jesús por el papa León XIII. Consagró a todo el género humano al Sagrado Corazón. Incluidos los que no creen en Jesucristo y los que no son miembros de la Iglesia, ni aceptan la autoridad pontificia. Y es que la autoridad de Jesucristo es universal sobre todos los hombres y el Papa, su Vicario en la tierra, tiene esta autoridad sobre todos los hombres en materia de fe y de moral, incluidos los aspectos éticos de la política; pero no la ejerce sobre los que no acatan la autoridad del Papa y de la Iglesia. Más tarde, Pío XI estableció la fiesta solemne de Cristo Rey, el 11 de diciembre de 1925, en la encíclica Quas Primas. Y el mismo Papa explica en 1928 su significado en su encíclica Miserentissimus Redemptor:

«Al hacer esto (la institución de la fiesta de Jesucristo Rey), no sólo poníamos en evidencia la suprema soberanía que a Cristo compete sobre todo el Universo... sino que adelantábamos ya el gozo de aquel día dichosísimo en que todo el orbe, de corazón y de voluntad, se sujetará al dominio suavísimo de Cristo Rey».

Esta fiesta solemne de Cristo Rey ha sido situada después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II en el último domingo del año litúrgico, porque cuando fue instituida se situó en el último domingo de octubre.

Cristo es rey, pero su reinado no ha llegado aún a su plenitud y consumación.

"El P. Ramière fue quien solicitó de la Sede Apostólica la consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús, obteniendo del beato Pío IX tan solo la consagración de la Iglesia en 1875. Años después, mediando particular intervención divina, llevaría acabo dicha consagración del género humano S.S. León XIII, declarándola “el acto más importante de nuestro pontificado”, mediante la encíclica Annum Sacrum (1899). El siervo de Dios Pío XII recordaría la resonancia eclesial de dicho acto en su encíclica programática Summi Pontificatus de 1939" (Evaristo Palomar, A los ciento cincuenta años de la obra Apostolado de la Oración de Henri Ramière, 2011).

La expresión “civilización del amor” fue empleada por primera vez por el Papa Pablo VI en Pentecostés de 1970:

"Lo que Pentecostés inauguró es la civilización del amor y de la paz. Y todos nosotros sabemos lo necesitado que está nuestro mundo, todavía hoy, de maor y de paz" (Pablo VI: Alocución, 17.05.1970, Pentecostés).
Pablo VI explicó el concepto de civilización del amor en la audiencia del 31 de diciembre de 1975:

“Vemos la vicisitud histórica, en la que nos encontramos: y entonces, observando siempre la vida humana, querríamos abrirle vías de mayor bienestar y civilización, animada por el amor, entendiendo por civilización ese conjunto de condiciones morales, civiles y económicas, que permiten a la vida humana una mejor posibilidad de existencia, una razonable plenitud, un feliz destino eterno”

«Estas perspectivas abiertas por la Populorum progressio siguen siendo fundamentales para dar vida y orientación a nuestro compromiso por el desarrollo de los pueblos. Además, la Populorum progressio subraya reiteradamente la urgencia de lasreformas y pide que, ante los grandes problemas de la injusticia en el desarrollo de los pueblos, se actúe con valor y sin demora. Esta urgencia viene impuesta también por lacaridad en la verdad. Es la caridad de Cristo la que nos impulsa: «caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14). Esta urgencia no se debe sólo al estado de cosas, no se deriva solamente de la avalancha de los acontecimientos y problemas, sino de lo que está en juego: la necesidad de alcanzar una auténtica fraternidad. Lograr esta meta es tan importante que exige tomarla en consideración para comprenderla a fondo y movilizarse concretamente con el «corazón», con el fin de hacer cambiar los procesos económicos y sociales actuales hacia metas plenamente humanas»


Juan Pablo II desarrolla la enseñanza de Pablo VI:

"Una pregunta interpela profundamente nuestra responsabilidad: ¿qué civilización se impondrá en el futuro del planeta? En efecto, de nosotros depende que triunfe la civilización del amor, como solía llamarla Pablo VI, o la civilización que mejor debería llamarse in civilización, del individualismo, el utilitarismo, los intereses opuestos, los nacionalismos exasperados y los egoísmos elevados al rango de sistema. La Iglesia siente la necesidad de invitar a cuantos se interesan de verdad por el destino del hombre y de la civilización a unir sus recursos y su esfuerzo, para construir la civilización del amor. (Ángelus, 13 febrero 1994).

El 5 de octubre de 1995 con ocasión del cincuenta aniversario de las Naciones Unidas el papa Juan Pablo II proclamó en Nueva York que"la respuesta al miedo que ofusca la existencia humana al final del siglo es el esfuerzo común por construir la civilización del amor, fundada en los valores universales de la paz, de la solidaridad, de la justicia y de la libertad"

La civilización del amor, anhelo de la humanidad

Catequesis de Juan Pablo II en la audiencia general centrada en el Cántico «La nueva ciudad de Dios, centro de toda la humanidad» (Isaías 2, 2a.3a.4b). 
Miércoles, 4 septiembre 2002

Al final de los días estará firme
el monte de la casa del Señor,
en la cima de los montes,
encumbrado sobre las montañas.

Hacia él confluirán los gentiles,
caminarán pueblos numerosos.
Dirán: "Venid, subamos al monte del Señor,
a la casa del Dios de Jacob:

El nos instruirá en sus caminos
y marcharemos por sus sendas;
porque de Sión saldrá la ley,
de Jerusalén, la palabra del Señor".

Será el árbitro de las naciones,
el juez de pueblos numerosos.

De las espadas forjarán arados,
de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra.

Casa de Jacob, ven,
caminemos a la luz del Señor 
(Isaías 2, 2a.3a.4b).

1. La liturgia diaria de los Laudes, además de los Salmos, propone siempre un Cántico tomado del Antiguo Testamento. Es sabido que, junto al Salterio, auténtico libro de la oración de Israel y después de la Iglesia, existe otra especie de «Salterio» diseminado en las diferentes páginas históricas, proféticas y sapienciales de la Biblia. Se trata de himnos, súplicas, alabanzas e invocaciones que con frecuencia se caracterizan por su gran belleza e intensidad espiritual.

En nuestro recorrido por las oraciones de la Liturgia de los Laudes, nos hemos encontrado ya con muchos de estos cantos que salpican las páginas bíblicas. Ahora tomamos en consideración uno verdaderamente admirable, obra de uno de los máximos profetas de Israel, Isaías, quien vivió en el siglo VIII a. C. Es testigo de horas difíciles vividas por el reino de Judá, pero también es vate de la esperanza mesiánica en un lenguaje poético sumamente elevado.

2. Es el caso del Cántico que acabamos de escuchar y que es colocado casi en apertura de su libro, en los primeros versículos del capítulo 2, precedido por una nota de redacción posterior que dice así: «Visión de Isaías, hijo de Amós, sobre Judá y Jerusalén» (Isaías 2, 1). El himno es concebido por tanto como una visión profética, que describe una meta hacia la que tiende la historia de Israel. No es casualidad el que sus primeras palabras digan:

«Al final de los días» (versículo 2), es decir, en la plenitud de los tiempos. Por ello, se convierte en una invitación a no anclarse en el presente, tan mísero, sino a saber intuir en los acontecimientos cotidianos la presencia misteriosa de la acción divina, que conduce la historia hacia un horizonte muy diferente de luz y de paz.

Esta «visión» de sabor mesiánico será retomada ulteriormente en el capítulo 60 del mismo libro, en un escenario más amplio, signo de una nueva meditación sobre las palabras esenciales e incisivas del profeta, proclamadas hace un momento en el Cántico. El profeta Miqueas (Cf. 4,1-3) retomará el mismo himno, si bien con un final diferente (Cf. 4, 4-5) diferente al del oráculo de Isaías (Cf. Isaías 2, 5).

3. En el centro de la «visión» de Isaías surge el monte Sión, que se elevará figuradamente por encima de los demás montes, al ser habitado por Dios y, por tanto, lugar de contacto con el cielo (Cf. 1Reyes 8, 22-53). De él, según el oráculo Isaías 60, 1-6, saldrá una luz que romperá y deshará las tinieblas y hacia él se dirigirán procesiones de pueblos desde todo rincón de la tierra.

Este poder de atracción de Sión se funda en dos realidades que se derivan del monte santo de Jerusalén: la Ley y la Palabra del Señor. Constituyen, en verdad, una realidad única, que es manantial de vida, de luz y de paz, expresiones del misterio del Señor y de su voluntad. Cuando las naciones llegan a la cumbre de Sión, donde se eleva el templo del Señor, entonces tiene lugar ese milagro que la humanidad espera desde siempre y por el que suspira. Los pueblos dejan caer las armas de las manos, que son recogidas después para ser fraguadas en instrumentos pacíficos de trabajo: las espadas son transformadas en arados, las lanzas en podaderas. Surge, así, un horizonte de paz, de «shalôm» (Cf. Isaías 60, 17), como se dice en hebreo, término muy utilizado por la teología mesiánica. Cae finalmente el telón sobre la guerra y sobre el odio.

4. El oráculo de Isaías termina con un llamamiento, en la línea con la espiritualidad de los cantos de peregrinación a Jerusalén: «Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor» (Isaías 2, 5). Israel no debe quedarse como espectador de esta transformación histórica radical; no puede dejar de escuchar la invitación que resuena en la apertura en los labios de los pueblos: «Venid, subamos al monte del Señor» (versículo 3).

También nosotros, los cristianos, somos interpelados por este Cántico de Isaías. Al comentarlo, los Padres de la Iglesia del siglo IV y V (Basilio Magno, Juan Crisóstomo, Teodoreto de Ciro, Cirilo de Alejandría) veían su cumplimiento en la venida de Cristo. Por consiguiente, identificaban en la Iglesia «el monte de la casa del Señor..., encumbrado sobre las montañas» del que salía la Palabra del Señor y al que se dirigían los pueblos paganos, en la nueva era de paz inaugurada por el Evangelio.

5. El mártir san Justino, en su «Primera Apología», escrita en torno al año 153, proclamaba la actuación del versículo del Cántico que dice: «de Jerusalén saldrá la palabra del Señor» (Cf. versículo 3). Escribía: «De Jerusalén salieron hombres para el mundo, doce; eran ignorantes; no sabían hablar, pero gracias a la potencia de Dios revelaron a todo el género humano que habían sido salvados por Cristo para enseñar a todos los pueblos la Palabra de Dios. Y nosotros, que antes nos matábamos los unos a los otros, ahora ya no sólo no combatimos contra los enemigos, sino que para no mentir ni engañar a quienes nos someten a interrogatorios, morimos de buena gana confesando a Cristo» («Primera Apología» –«Prima Apologia»–, 39, 3: «Los apologetas griegos» –«Gli apologeti greci»–, Roma 1986, p. 118).

Por este motivo, de manera particular, los cristianos recogemos el llamamiento del profeta y tratamos de echar los cimientos de esa civilización del amor y de la paz en la que ya no haya guerra «ni muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado» (Apocalipsis 21, 4).
Benedicto XVI: "Debemos ayudarnos unos a otros como hermanos para construir la civilización del amor"

Queridos hermanos y hermanas:

Ocho días después de la solemnidad de su Asunción al cielo, la liturgia nos invita a venerar a la santísima Virgen María con el título de «Reina». Contemplamos a la Madre de Cristo coronada por su Hijo, es decir, asociada a su realeza universal, tal como la representan muchos mosaicos y cuadros.

También esta memoria cae este año en domingo, cobrando una luz mayor gracias a la Palabra de Dios y a la celebración de la Pascua semanal. En particular, el icono de la Virgen María Reina encuentra una confirmación significativa en el Evangelio de hoy, donde Jesús afirma: «Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos» (Lc 13, 30). Se trata de una típica expresión de Cristo, referida varias veces por los Evangelistas, con fórmulas parecidas, pues evidentemente refleja un tema muy arraigado en su predicación profética. La Virgen es el ejemplo perfecto de esta verdad evangélica, es decir, que Dios humilla a los soberbios y poderosos de este mundo y enaltece a los humildes (cf. Lc 1, 52).

La pequeña y sencilla muchacha de Nazaret se ha convertido en la Reina del mundo. Esta es una de las maravillas que revelan el corazón de Dios. Naturalmente la realeza de María depende totalmente de la de Cristo: él es el Señor, a quien, después de la humillación de la muerte en la cruz, el Padre ha exaltado por encima de toda criatura en los cielos, en la tierra y en los abismos (cf. Flp 2, 9-11). Por un designio de la gracia, la Madre Inmaculada ha sido plenamente asociada al misterio del Hijo: a su encarnación; a su vida terrena, primero oculta en Nazaret y después manifestada en el ministerio mesiánico; a su pasión y muerte; y por último a la gloria de la resurrección y ascensión al cielo. La Madre compartió con el Hijo no sólo los aspectos humanos de este misterio, sino también, por obra del Espíritu Santo en ella, la intención profunda, la voluntad divina, de manera que toda su existencia, pobre y humilde, fue elevada, transformada, glorificada, pasando a través de la «puerta estrecha» que es Jesús mismo (cf. Lc 13, 24). Sí, María es la primera que pasó por el «camino» abierto por Cristo para entrar en el reino de Dios, un camino accesible a los humildes, a quienes se fían de la Palabra de Dios y se comprometen a ponerla en práctica.

En la historia de las ciudades y de los pueblos evangelizados por el mensaje cristiano son innumerables los testimonios de veneración pública, en algunos casos incluso institucional, de la realeza de la Virgen María. Pero hoy queremos sobre todo renovar, como hijos de la Iglesia, nuestra devoción a Aquella que Jesús nos ha dejado como Madre y Reina. Encomendamos a su intercesión la oración diaria por la paz, especialmente allí donde más golpea la absurda lógica de la violencia, para que todos los hombres se persuadan de que en este mundo debemos ayudarnos unos a otros como hermanos para construir la civilización del amor. Maria, Regina pacis, ora pro nobis!Benedicto XVIÁngelus Palacio Apostólico de Castelgandolfo. Domingo 22 de agosto de 2010)

Significado de la fiesta solemne de Cristo Rey: Pío XI, el Papa que instituyó esta fiesta en 1925, explica en 1928 su significado en su Encíclica

«Miserentissimus»:

«Al hacer esto no sólo poníamos en evidencia la suprema soberanía que a Cristo compete sobre todo el Universo... sino que adelantábamos ya el gozo de aquel día dichosísimo en que todo el orbe, de corazón y de voluntad, se sujetará al dominio suavísimo de Cristo Rey».
"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).
De lo que se trata es de "la coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II". Ser católicos y obrar en consecuencia, en la esfera privada y en la pública, individual y colectivamente, cada persona y la sociedad.

El maligno enemigo, Satanás, lo que intenta es la disgregación, deshacer aquella síntesis de fe y vida. A veces, violentamente como dragón; a veces, suavemente como serpiente. La descendencia de la serpiente enfrentada a la descendencia de la mujer, es decir, enemiga siempre de la humanidad, intensifica en nuestra época el intento de la disgregación.

También fue denunciado ese intento por Pío XII:

«El "enemigo" se encuentra por todas partes y en medio de todos. Sabe ser violento y taimado. En estos últimos siglos ha intentado llevar a cabo la disgregación intelectual, moral, social de la unidad del organismo misterioso de Cristo. Ha querido la naturaleza sin la gracia; la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces, la autoridad sin la libertad. Es un "enemigo" que cada vez se ha hecho más concreto, con una despreocupación que deja atónitos todavía: Cristo, sí; Iglesia, no. Después: Dios, sí; Cristo, no. Finalmente el grito impío: Dios ha muerto; más aún, Dios no ha existido jamás. Y he aquí la tentativa de edificar la estructura del mundo sobre fundamentos que Nos no dudamos en señalar como a principales responsables de la amenaza que gravita sobre la humanidad: una economía sin Dios, un derecho sin Dios, una política sin Dios. El "enemigo" se ha preparado y se prepara para que Cristo sea un extraño en la universidad, en la escuela, en la familia, en la administración de la justicia, en la actividad legislativa, en la inteligencia entre los pueblos, allí donde se determina la paz o la guerra» (Pío XII. Discurso en el XXX Aniversario de la Acción Católica Italiana, 12-10-1952).

El Papa siguiente, el beato Juan XXIII, insiste en la misma denuncia con fuertes palabras. Y caracteriza a nuestra época por este intento de excluir a Dios del orden temporal y lo califica de insensato, si lo que se quiere es que el orden temporal prospere:

"La insensatez más caracterizada de nuestra época consiste en el intento de establecer un orden temporal sólido y provechoso, sin apoyarlo en su fundamento indispensable o, lo que es lo mismo, prescindiendo de Dios; y querer exaltar la grandeza del hombre cegando la fuente de la que brota y se nutre, esto es, obstaculizando y, si posible fuera, aniquilando la tendencia innata del alma hacia Dios. Los acontecimientos de nuestra época, sin embargo, que han cortado en flor las esperanzas de muchos y arrancado lágrimas a no pocos, confirman la verdad de la Escritura: Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen (Sal 127, 1)" (Juan XXIII. Mater et magistra, 15.05.1961, n. 217).

 


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